Postfordismo y Clases Sociales

En muchos aspectos hoy estamos más cerca de las cuestiones del siglo XIX que de la historia revolucionaria del XX. Una amplia variedad de fenómenos del siglo XIX está volviendo a aparecer: vastas zonas de pobreza, desigualdades crecientes, una política disuelta en el “servicio de la riqueza”, el nihilismo de partes considerables de la juventud, el servilismo de buena parte de la intelligentsia; el experimentalismo, asediado y circunscrito, de unos cuantos grupos que tratan de expresar la hipótesis comunista…

Alain Badiou [1]

Vivimos tiempos convulsos, donde amplias masas de la población del epicentro capitalista son sometidas a un terrible proceso de  pauperización mientras asistimos atónitos a una acumulación por desposesión de proporciones colosales donde sanidad, educación, pensiones …, (1) son arrebatadas a la posesión colectiva de los trabajadores para el beneficio del capital financiero y una mal entendida “recuperación económica”. Sólo en España, en el periodo 2008-2012 se realizaron unas 416.000 ejecuciones hipotecarias [2], mientras el número de familias con todos sus miembros en paro roza ya los dos millones, según la última Encuesta de Población Activa (EPA) [3]. Una situación que no sólo se circunscribe a nuestro país, y que es fácilmente extrapolable al resto de la periferia de la Unión Europea e incluso a países de su núcleo industrial como Francia y Alemania. En los últimos nueve años, el número de personas pobres en Francia aumentó en 1’2 millones, de los cuales más de 800.000  sólo en el periodo de 2008 a 2011 [4]. Mientras tanto, en Alemania, según una encuesta del pasado año del Banco Central Europeo, la mediana de los ingresos netos por hogar es mucho menor que la de Grecia, con un 25% de la población activa cobrando menos de 9.54 euros la hora [5]. La situación no mejora si nos fijamos en los Estados Unidos, que a pesar de ser una de las fuerzas motrices del capitalismo internacional posee al menos 16’4 millones de niños bajo el umbral de la pobreza [6] (aproximadamente un cuarto de todos los niños del país). Si nos fijamos en las mal llamadas minorías, la cifra aumenta a un 33’8% y 36’7% de niños latinos y afroamericanos, respectivamente [7]. Todo ello, en un país donde el 95% de la riqueza producida desde 2009 ha ido a parar a las manos del 1% más rico de la población y 3’6 millones de trabajadores cobran una cantidad igual o inferior al salario mínimo federal: 7’25 dólares la hora [7].

Esta situación de evidente recrudecimiento de la lucha de clases se ve acompañada de una intensa repolitización de amplias capas de la sociedad y de un creciente descrédito del entramado político e institucional que sustenta estos  constantes ataques a las clases populares. En España en particular, el relato edulcorado de “la Transición” — uno de los pilares fundacionales del sistema bipartidista actual y su política  hiperconsensual — se desmorona a marchas forzadas arrastrando consigo a la Casa Real, piedra de bóveda del sistema de partidos actual, fielmente escenificado en los pactos de la Moncloa. A este cuadro de cambio, debemos sumar la contestación al actual modelo de Estado bajo las crecientes demandas de auto determinación en Cataluña, un proceso que socava aún mas si cabe la legitimidad del marco institucional actual. Nos encontramos en definitiva, en un proceso de cambio de régimen donde las fuerzas de izquierda intentan organizar y articular la contestación de los actores populares, pare evitar como bien decía Gramsci, que en claroscuro surjan los monstruos.

En la situación actual de  cierto “experimentalismo” político (si se me permite la expresión) decimonónico, tras la transfiguración radical del panorama político y económico europeo de posguerra acometida por la contrarrevolución neoliberal de los últimos 30 años y la desaparición del bloque soviético, la cuestión de la validez de la clase trabajadora como sujeto histórico y materialización objetiva de las contradicciones del sistema capitalista toma una relevancia primordial. Sobre todo puesto que cierta premura ante la situación de emergencia actual hace que en ocasiones elevemos algunos fetiches a categorías políticas y, haciendo de la necesidad virtud, convirtamos algún que otro ejercicio de marketing político en la nueva fórmula mágica para el análisis social. Siempre son útiles al respecto las palabras de César Rendueles [8],

Los discursos ideológicos y políticos, en cambio, son harina de otro costal. El materialismo marxista fue, sobre todo, una respuesta al discurso ideológico de moda en la Alemania de aquella época. Hoy el posthegelianismo no le interesa a nadie, pero la tentación de creer que los problemas prácticos se pueden resolver conceptualmente es más fuerte que nunca, y en eso consiste el idealismo que atacaba Marx. Basta pensar en toda esa gente que cree que la crisis económica actual es, sobre todo, un problema de actitud, de mentalidad. Ahí es nada: el corolario de un macroproceso económico, social y político que ha configurado el mundo tal y como lo conocemos en los últimos cuarenta años reducido a un problema de motivación, tal vez solucionable con una buena estrategia de coaching colectivo. Los materialistas, en cambio, somos unos pelmazos aguafiestas. No nos convence la idea de que los problemas se desvanecen reformulándolos en términos más interesantes, emocionantes o novedosos. Así que no somos una compañía muy grata para los de la economía del conocimiento, la psicología positiva, las clases creativas, el empoderamiento o la multitud en devenir.

En particular, muchas de las críticas que intentan “actualizar” y/o superar el concepto de clase obrera, en el primer caso con el objetivo de liberarla de algunas de sus caricaturas que ciertamente la constriñen y en el segundo  simplemente dándola por muerta como categoría de análisis o sujeto político, no hacen sino repetir de forma más o menos explícita aquello que se dice criticar. Siendo un poco más explícito, en ciertos análisis que se quieren críticos pareciera que la clase obrera como sujeto de la acción política revolucionaria en el marco de un análisis marxista tuviera su origen en el capitalismo fordista que surgió tras la segunda guerra mundial. Como señala acertadamente el marxista británico Terry Eagleton en su crítica de una de las últimas obras del historiador británico Eric Hobsbawm, How to Change the World: Marx and Marxism 1840-2011, (la traducción es mía)

Estamos hablando, notemos, de alrededor de 1986, pocos años antes de que el bloque soviético se derrumbara. Como Eric Hobsbawm señala en esta colección de ensayos, eso no fue lo que causó a tantos antiguos creyentes tirar a la basura sus carteles del Ché Guevara. El marxismo ya estaba en una situación desesperada algunos años antes de que cayera el Muro de Berlín. Una razón que se dio fue que el agente tradicional de la revolución marxista, la clase obrera, había sido barrida por los cambios en el sistema capitalista – o por lo menos ya no se encontraba en mayoría. Es cierto que el proletariado industrial había disminuido, pero el propio Marx no creía que la clase obrera se limitara a este grupo. En El Capital, él coloca los trabajadores del comercio  en el mismo nivel que los industriales. También era consciente de que, con mucho, el mayor grupo de trabajadores asalariados en su día no fue la clase obrera industrial, sino el servicio doméstico, la mayoría de los cuales eran mujeres. Marx y sus discípulos no imaginaban que la clase obrera podía hacerlo solo, sin alianzas con otros grupos oprimidos. Y aunque el proletariado industrial tendría un papel principal, Marx no parece haber pensado que tenía que constituir la mayoría social, a fin de hacerlo. [9]

En efecto, si leemos a Marx en El Capital, vemos que el revolucionario alemán era plenamente consciente de la relativa importancia cuantitativa de la clase obrera industrial con respecto a otros sectores todavía no incorporados a la esfera capitalista de producción [10],

el extraordinario aumento de las fuerzas productivas en las esferas de la gran industria, acompañado, como lo está, de una explotación cada vez más intensiva y extensa de la fuerza de trabajo en todas las demás esferas de la producción, permite emplear de un modo improductivo a una parte cada vez mayor de la clase obrera, reproduciendo así, principalmente, y a una escala cada vez mayor, bajo el nombre de “clase doméstica”, los antiguos esclavos domésticos: criados, doncellas, lacayos, etc. Según el censo de 1861, […] quedan, en números redondos, unos  8 millones de personas de ambos sexos y de las más diversas edades, incluyendo a todos los capitalistas que de alguna manera intervienen en la producción, el comercio, las finanzas, etc. Estos 8 millones se distribuyen del modo siguiente:

– Obreros agrícolas […] : 1.098.261

– Todos los que trabajan en las fábricas de algodón […] : 642.607

– Todos los que trabajan en las minas de carbón y metal : 565.835

– Los ocupados en el conjunto de plantas metalúrgicas […] : 396.998

– Clase doméstica: 1.208.648.

Sumando el personal ocupado en todas las fábricas textiles junto con los que trabajan en las minas de carbón y metalúrgicas tenemos la cifra de 1.208.442; sumándolo con los que trabajan en plantas metalúrgicas y las manufacturas, tenemos un total de 1.039.605; en ambos casos una cifra menor que la de los modernos esclavos domésticos. ¡Qué edificante resultado de la maquinaria explotada al modo capitalista!

Sobre esto comenta David Harvey en su magnífico A Companion to Marx’s Capital [11] (de nuevo la traducción es mía),

Solemos pensar que el gran desplazamiento de la manufactura al sector servicios se dio en el siglo pasado, pero lo que muestran estas cifras es que no es para nada un nuevo sector. La gran diferencia es que la clase servil/doméstica de Marx no se encontraba en su mayoría organizada en líneas capitalistas (muchos sirvientes vivían con los capitalistas). No había tiendas con letreros anunciando “Pedicura”, “Servicio de Limpieza”,  “Salón de Peluquería” o lo que fuera. Pero las cifras de población involucradas en estos trabajos fueron siempre grandes y muy a menudo despreciadas en los análisis económicos (incluso en el de Marx), incluso aunque su número superara los de la clase trabajadora en el sentido clásico de trabajadores de fábrica, mineros y similares.

En definitiva, no sólo no estamos hablando de un fenómeno nuevo, sino que a diferencia de lo que ocurría en tiempos de Marx, a día de hoy, aquellos trabajadores ajenos al sector industrial, han sido incorporados al proceso de valorización del capital y se encuentran organizados en líneas capitalistas (con todo lo que eso conlleva en términos de jerarquía, uso del tiempo, intensificación de la jornada laboral, …). De hecho, las cifras del porcentaje de asalariados sobre el total de la población ocupada tanto a nivel nacional como internacional confirman de forma inequívoca dicha tendencia. Así, en España [12] “la relación empleadores-autónomos/conjunto salarial, o sí se prefiere burguesía-pequeña burguesía/asalariados ha pasado de 25/75 (hace aproximadamente una década) a 20/80, es decir el conjunto salarial, la tasa de salarización en la población activa es cada vez mayor, España es cada vez más una sociedad de trabajadores que dependen de un salario”. Podemos fijarnos también en Francia, país con un mayor peso específico del sector industrial y que pasó por lo que suele conocerse como Les trente glorieuses, i.e., el periodo expansivo de aproximadamente tres décadas que tuvo lugar tras la segunda guerra mundial; de acuerdo con los datos del Institut National de la Statistique et des Études Économiques, el equivalente de nuestro Instituto Nacional de Estadística, el porcentaje de no asalariados sobre el total pasó de más de un 18% en 1972 a casi la mitad en 2012. A nivel internacional, la tendencia es parecida, aunque las cifras son todavía más espectaculares si consideramos  países de la periferia capitalista [13],

Los datos de la OIT  permiten una estimación del número de asalariados a escala mundial. En los países “avanzados”, ha aumentado alrededor de un 20% entre 1992 y 2008, para luego estancarse desde la entrada en la crisis. En los países “emergentes”, ha aumentado cerca de un 80% en el mismo periodo.

Se encuentra el mismo tipo de resultado, aún más marcado, para el empleo en la industria manufacturera: entre 1980 y 2005, la mano de obra industrial ha aumentado un 120% en los países “emergentes”, pero ha bajado un 19% en los países “avanzados”.

Podemos concluir de dichas cifras que la evolución de la clase obrera durante los últimos 30 años ha consistido fundamentalmente en el incremento cuantitativo de sus miembros — en parte mediante la absorción de esferas anteriormente ajenas al proceso de valorización del capital y en parte gracias a la inserción en el mercado de trabajo global de poblaciones  provenientes de países de la periferia capitalista o del antiguo bloque soviético — y en una profundización de la división espacial del trabajo, acentuando aún mas la concentración geográfica de los núcleos de producción industrial, en este caso con un peso mucho mayor de los países emergentes debido a una fuerza de trabajo mucho más “económica”. Resulta de todos modos curioso que se recurra a este argumento sobre el menor peso específico del asalariado industrial con respecto al total de la clase trabajadora en un país como España, que nunca destacó por su gran potencia industrial, que desarrolló un tímido sector manufacturero, concentrado especialmente en ciertas regiones del norte y el este del país, relativamente tardío con respecto a los países de su entorno y tras una terrible posguerra  donde primó fundamentalmente la economía de subsistencia en el sector agrario. Por esa regla de tres, cabría preguntarse de qué hablaban en las reuniones del Comité Central del PCE en los años 40 y porqué no decidieron disolverse si su “sujeto histórico” sólo existiría en números relativamente aceptables, como mínimo, un par de décadas más tarde.

Otro argumento recurrente a la hora de poner en tela de juicio a la clase obrera, y que ha motivado la invención de términos como el famoso precariado es el (ciertamente) importante cambio cualitativo de las relaciones laborales tras 30 años de flexibilización del mercado laboral, y que ha terminando poniendo en entredicho cierto modelo de sindicalismo de clase “fordista”, sobre el que se apoyaban en parte las organizaciones políticas de masas de corte marxista. Sin negar ni un ápice la importancia cardinal que dichas transformaciones han tenido (y siguen teniendo) sobre el tejido productivo, las relaciones sociales de producción, el sindicalismo de clase, las organizaciones políticas de masas e incluso nuestras relaciones humanas y afectivas, lo cierto es que de nuevo, el marxismo no nació con las Comisiones Obreras de los años 70 (2). Creo que sería un ejercicio muy interesante para aquellos que usan este argumento con frecuencia, preguntarse como eran las relaciones laborales, por ejemplo, en la España de los años 30, cuando la UGT rebasaba el millón de afiliados y la CNT alcanzaba el millón y medio (sobre una población activa muchísimo menos numerosa que la actual). Sin ir más lejos, Pepe Díaz, el Secretario General del PCE durante gran parte de la II República y la Guerra, y que llevó al partido a una de sus mayores expansiones cuantitativas de su historia, se curtió en el sindicato de panaderos de Sevilla, La Aurora (que posteriormente se incorporaría a la CNT), un oficio que no destacaba precisamente por la estabilidad de sus relaciones laborales ni tampoco por ser un ejemplo de industria manufacturera con cientos de obreros trabajando codo a codo, sino más bien por su pertenencia a una economía informal de pequeños patrones que abusaban de sus escasos empleados y aprendices.

Otro argumento de peso contra el papel relevante de la clase trabajadora en los procesos de cambio actuales (en alianza claro está con multitud de otros sectores con los que se compartan problemáticas de forma objetiva) es el del cambio cualitativo del proceso de producción actual debido a los importantísimos cambios tecnológicos y la creciente financiarización. Uno de los ejemplos más articulados de dicho argumento lo encontramos en Toni Negri, cuando afirma que [14] “a día de hoy, la producción de cerebros, la invención, la investigación, el cine, producen más valor que las industrias tradicionales”. La consecuencia directa de dicha afirmación es clara, puesto que la producción de valor ya no es una prerrogativa del proceso de producción “material” (división que ya es en cierta manera arbitraria), no tiene sentido que la clase trabajadora en su sentido clásico juegue un papel central en un proceso de emancipación, ya que deben ser los nuevos productores de valor en su conjunto los que están llamados a cambiar las cosas, lo que Negri y Hardt han venido a llamar “la multitud”. Una primera objeción a dicha conceptualización del proceso de valorización la encontramos en el filósofo Alberto Toscano (3), cuando nota que [14] “los trabajadores de un call center, que puede que se encuentren realizando una actividad a la que podemos referirnos como cognitiva o inmaterial, están también, y lo que es más importante, trabajando en un entorno que está organizado en términos de formas muy clásicas de despotismo laboral, en formas muy clásicas que tratan de extraer cada segundo o milisegundo,  que tratan de hacer de forma científica que cada trabajador sea más productivo y de esta manera que la tasa de explotación sea intensificada”. Por otro lado, como señala César Rendueles,

las propias nociones de trabajo inmaterial o economía cognitiva son confusas. Agrupan bajo una misma etiqueta procesos muy heterogéneos. Es posible que el desarrollo de software requiera importantes habilidades creativas, aunque no necesariamente más que, por ejemplo, la ingeniería de principios de siglo XX. En cambio, el trabajo de teleoperador, igualmente inmaterial, se parece bastante más al tipo de actividades típico de una cadena de montaje fordista. […] Por otro lado, no es posible establecer una distinción clara entre el trabajo inmaterial creativo y el parasitario, cercano a las prácticas especulativas. Seguramente en un extremo estará la invención de una vacuna para una enfermedad intratable y en el otro la biopiratería, pero entre medias se extiende un amplio repertorio de prácticas ambiguas, como el desarrollo de tecnologías con restricciones de acceso muy agresivas. Dicho de otra forma, es imposible aislar la centralidad del conocimiento en las cadenas de valor contemporáneas de la división del trabajo en un entorno de competencia internacional. […] Lo que determina quien gana qué en la economía cognitiva global es la lucha de clases, no una evaluación ciega en la revista Nature. [15]

Como bien señala César Rendueles y ha apuntado en más de una ocasión Zizek, gran parte de los beneficios generados en la economía cognitiva no son sino una manifestación más de prácticas especulativas o rentistas de origen nada reciente. Así, no es descabellado pensar que una gran parte de los ingresos de Microsoft no son sino el fruto de una constante práctica monopolista que, compra tras compra, permitió a la compañía californiana ser de forma efectiva la única vía de acceso posible a un nuevo bien común, que aunque inmaterial (4) a diferencia de la tierra, la vivienda o el agua, también determina en la práctica de que manera se reparten las plusvalías generadas en el proceso de producción. Esto no significa, que la lucha por el Copyleft, o contra las prácticas especulativas y rentistas de cierta industria audiovisual o las grandes compañías de Silicon Valley carezca de relevancia, de la misma manera que la lucha contra la especulación urbanística en los núcleos urbanos de mediados del siglo XIX (o a día de hoy) tampoco lo hizo, al poner sobre la mesa reivindicaciones del movimiento obrero contra estas formas específicas de explotación (y ayudarle a tejer alianzas concretas). Sin embargo, es también muy importante que intentemos ser algo más cautos a la hora de librarnos a la caza de nuevas categorías de  análisis que nos sirvan de brújula en una transformación revolucionaria de la sociedad.

(1) Gran parte de lo cual lo podemos resumir en una reducción brutal del salario diferido.

(2) Ni siquiera con la CGT francesa en las postrimerías de la Revolución Rusa.

(3) Traductor de Alain Badiou y miembro del comité de redacción de la fantástica revista
Historical Materialism: Research in Critical Marxist Theory.

(4) Como bien señala Marx [16], “la mercancía es, en primer lugar, un objeto externo, una
cosa que por sus propiedades satisface necesidades humanas de cualquier clase. La índole de estas necesidades, ya sean del estómago o de la fantasía, no cambia nada las cosas”.

[1] A. Badiou, La hipótesis comunista, New Left Review (en español) (2008) 27–40.

[2] A. Colau and A. Alemany, 2007-2012: Retrospectiva sobre deshaucios y ejecuciones hipotecarias en España, estadísticas oficiales e indicadores, Plataforma de afectados por la hipoteca (2008).

[3] M. G. C., España roza los dos millones de hogares con todos sus
miembros en paro, Expansión (23 Enero, 2014).

[4] L. Mouloud, La pauvreté continue de gagner du terrain en France, l’Humanité (7 Noviembre, 2013).

[5] K. Connolly and L. Osborne, Low-paid Germans mind rich-poor gap as elections approach, The Guardian (30 Agosto, 2013).

[6] L. Leopold, America’s Greatest Shame: Child Poverty Rises and Food
Stamps Cut While Billionaires Boom, The Huffington Post (11 Agosto, 2013).

[7] T. Dickinson, 27 Shocking Numbers That Reveal the True State of the
Union, Rolling Stone (28 Enero, 2014).

[8] C. Rendueles, Entrevista a César Rendueles sobre la edición de ”Escritos sobre materialismo histórico” de Karl Marx, Rebelión (31 Octubre, 2012).

[9] T. Eagleton, Indomitable, London Review of Books (3 Marzo, 2011).

[10] K. Marx, El Capital, Akal Libro I, Tomo II (2007) 177–178.

[11] D. Harvey, A Companion to Marx’s Capital, Verso (2010).

[12] D. Lacalle, La clase obrera en España: continuidades, transformaciones, cambios, El Viejo Topo (2006).

[13] M. Husson, La formación de una clase obrera mundial, Viento Sur (6 Enero, 2014).

[14] J. Barker, Marx Reloaded, Documental (2008).

[15] C. Rendueles, Sociofobia, el cambio político en la era de la utopía digital, Capitan Swing (2013).

[16] K. Marx, El Capital, Akal Libro I, Tomo I (2007) 55.

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La democracia liberal

En nuestras sociedades occidentales la ”democracia” se ha convertido en un fetiche, una palabra hueca sacralizada por la ausencia de crítica que denota una forma muy concreta de sistema parlamentario nacido a raíz de las revoluciones burguesas del siglo XVIII y XIX y que sirve para legitimar las agresiones más brutales a aquellos que no se encuentran ungidos por ella. Del etimológico poder del pueblo griego, la ”democracia” se ha transformado en un emblema [1] que permite a los que la invocan definir claramente los límites de lo aceptable. Así, por ejemplo, en nombre de la ”democracia” se cierran periódicos [6], se prohíben partidos políticos [5] y se calla a gritos al que opina distinto en nuestro Estado [4], se invade Afganistan e Irak, se bloquea a Cuba, se bombardea Ecuador o se realiza un continuo hostigamiento al gobierno venezolano [2].

Sin embargo, si entendemos por democrático cualquier sistema donde la inmensa mayoría de la población pueda decidir libremente sobre su propio futuro, podemos afirmar de forma categórica que capitalismo y democracia son conceptos antagónicos. ¿Acaso se puede calificar de democrático un sistema donde un puñado de individuos acapara la propiedad de los medios de producción obligando al resto a vender su fuerza de trabajo para subsistir? No, no puede recibir dicho apelativo un régimen donde una esfera social tan importante como la economía escapa al control popular y donde la gran mayoría de la población, los trabajadores asalariados, pasa más de un tercio de su vida en estructuras – los centros de trabajo – donde no tiene ni voz ni voto. Sólo introduciendo la democracia en los centros de trabajo y otorgando la posibilidad a los trabajadores de decidir democráticamente qué, y cómo, van a producir, podremos romper las cadenas con que el capitalismo nos ata.

En el día a día recibimos multitud de ejemplos que nos ilustran que el llamado ”sistema democrático” no es [7]

un marco vacío que puede ser usado por diferentes actores políticos, sino que existe un ”sesgo de clase” inscrito en este cuadro institucional vacío.

La reciente reforma constitucional no es sino el último ejemplo de una larga lista de ”anomalías democráticas” que son en realidad hijos legítimos de nuestro sistema liberal. Citando a Lenin [3],

no puede hablarse de ”democracia pura” mientras existan diferentes clases, y sólo puede hablarse de democracia de clase […] pues la democracia burguesa sigue siendo siempre — y no puede dejar de serlo bajo el capitalismo — estrecha, amputada, falsa, hipócrita, paraíso para los ricos y trampa y engaño para los explotados, para los pobres.

Es por eso que el signo de autenticidad cuando la izquierda llega al poder por la vía electoral, es el hecho que [7]

ella comienza por cambiar las reglas — no solamente los mecanismos electorales y estatales, sino la lógica completa del espacio político, apoyándose directamente en los movimientos de movilización, imponiendo nuevas formas de auto-organización locales, etc. para garantizar la hegemonía de su base.

Por eso, frente a este marco viciado que supone la democracia formal en la que vivimos, se impone, más necesaria que nunca, la tarea de crear un nuevo orden donde

la circulación no sea la de la moneda, ni el orden de acumulación el del Capital. Se negará entonces confiar el devenir de las cosas a la propiedad privada

pues como afirma Badiou [1]

lo contrario de la democracia, en el sentido que le da, en el momento de su crepúsculo interminable, el capitalo-parlamentarismo, no es el totalitarismo, ni la dictadura. Es el comunismo. El comunismo que, para hablar como Hegel, absorbe y sobrepasa el formalismo de las democracias limitadas.

Referencias

[1] A. Badiou. L’emblème démocratique. Démocratie, dans quel état? La Fabrique éditions, 2009.

[2] Adrián Carmona. Algunos datos sobre Venezuela. Rebelión, 25 de Agosto de 2011.

[3] V. I. Lenin. Contra el revisionismo, la revolución proletaria y el renegado Kautsky. Editorial Fundamentos, 1975.

[4] Santiago Alba Rico, Belén Gopegui, Pascual Serrano y Carlos Fernández Liria. Imponer silencio a gritos. Rebelión, 4 de Marzo de 2010.

[5] Isaac Rosa. Homeopatía en las listas de Bildu. Público, 28 de Abril de 2011.

[6] Isaac Rosa. Egunkaria: que se haga justicia. Público, 1 de Febrero de 2010.

[7] S, Zizek. De la démocratie à la violence divine. Démocratie, dans quel état? La Fabrique éditions, 2009.

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It’s a free world

Tras la aparición en pantalla del título de la película, It’s a free world…, Ken Loach fabrica una poderosa contra-imagen a base de varias secuencias de la vida cotidiana. Así, la frase ”Es un mundo libre…” se contrapone, por ejemplo, con imágenes de trabajadores esperando el transporte público que los llevará, como cada día, a su puesto de trabajo. Dicha ruptura entre imagen y texto ilustra muy bien la disonancia existente entre el discurso que nos inunda en la sociedad capitalista y nuestra práctica cotidiana.

Libre es el mercado que hace a todos los trabajadores competidores a escala global. Libre es la competencia no falseada que propugna la Unión Europea y que prohíbe o desalienta la gestión pública de nuestros recursos. Libre debe ser la prestación de servicios por empresas de la UE según la Directiva sobre desplazamiento de trabajadores que sirve al Tribunal Europeo de Justicia de coartada para reducir drásticamente los derechos de los trabajadores (véanse [1] los casos Vaxholm, Viking y Rüffert). Como bien señalaba Marx [2]:

Señores, no os dejéis imponer por la palabra abstracta de libertad. ¿Libertad de quien? No se trata de la libertad de un simple individuo, en presencia de otro individuo. Se trata de la libertad del capital de aplastar al trabajador.

La democracia capitalista se presenta así misma como el mejor de los sistemas posibles. Para reproducir las relaciones sociales que le son necesarias, ésta nos somete a una dominación ideológica por muchos confundida con el fin de las ideologías. En España tenemos pruebas fehacientes de su eficacia. Así, desde la firma del Estatuto de los trabajadores en la tan laureada Transición Española las derrotas cosechadas por la clase trabajadora han sido innumerables (ver por ejemplo Papeles de la FIM, 26-27, La clase trabajadora, después del Estatuto de los Trabajadores y sus reformas.). Numerosas reformas que han ido acompañadas de una atomización de la clase trabajadora (expresamente buscada por la patronal) y de un fuerte retroceso de las rentas del trabajo frente a las rentas del capital. Parece que la llegada de la democracia no puso las cosas tan fáciles como pensábamos. Como decía Lenin [3]:

 En el más democrático Estado burgués, las masas oprimidas tropiezan a cada paso con una contradicción flagrante entre la igualdad ”formal”, proclamada por la democracia de los capitalistas, y las mil limitaciones y tretas ”reales” que convierten a los proletarios en ”esclavos asalariados”.

A pesar de que esto no es nada nuevo, existe un elemento novedoso en las democracias liberales que las hace a mi entender aún más temibles que aquellas que existían en los tiempos de la revolución bolchevique: la aceptación explícita del acto de sumisión. En palabras de Zizek [6] :

la ideología dominante se esfuerza por vendernos la mismísima inseguridad causada por el desmantelamiento del Estado del bienestar como la oportunidad de alcanzar nuevas libertades: ¿tiene usted que cambiar de trabajo todos los años, dependiendo de contratos de corta duración en lugar de un puesto estable y duradero? ¿Por qué no considerarlo como una liberación de las restricciones que supone un trabajo fijo, y como una oportunidad de reinventarse una y otra vez, para captar y comprender los potenciales ocultos de su personalidad?

Así, el sujeto liberal no sólo es víctima de la opresión a la que le somete el capital sino que además lo asume conscientemente, anulando la posible capacidad de respuesta de la clase trabajadora. Podemos ver un ejemplo de esto en la medicalización creciente de los problemas derivados de la explotación capitalista. Así, al comienzo de la crisis leíamos que [5] ”el Gobierno del Reino Unido destinará 13 millones de libras (14,5 millones de euros) para pagar los servicios terapéuticos a los ciudadanos que sufran problemas psicológicos, como depresión o ansiedad, como consecuencia de la crisis económica”, es decir, aquellos que no asuman con filosofía la pérdida de su empleo tienen un problema y deben ser tratados médicamente.

Por otro lado, en las democracias burguesas, el sujeto liberal posee a su disposición una libertad formal casi infinita que se ve contrarrestada por una libertad real totalmente nula. Por poner un ejemplo, cualquier norteamericano tiene la libertad formal de viajar a donde le venga en gana aunque sólo el 10% de ellos tenga pasaporte y la gran mayoría muera sin poner los pies fuera de su país. Son muy ilustrativos en este campo los experimentos realizados por el psicólogo social Jéan-Leon Beauvois [2] que

establecían la siguiente paradoja: si, después de conseguir que dos grupos de voluntarios accedieran a participar en un experimento, se les informa de que dicho experimento supondrá algo desagradable, contrario a su ética incluso, y si, en ese momento, se les recuerda al primer grupo que tiene la posibilidad de decir que no, y al otro no se le dice nada, en ambos grupos, el mismo porcentaje (muy elevado) aceptará seguir participando en el experimento. Lo que esto significa es que conceder la libertad de elección formal no marca diferencia alguna: aquellos a quienes se les da libertad escogen lo mismo que aquellos a quienes (implícitamente) se les niega [6].

Es imperativo pues, defender frente a esta falsa elección la libertad real como aquella que es capaz de transformar el marco en que nos movemos. Como resume Zizek [6],

la elección verdaderamente libre es aquella en la que no sólo escojo entre dos o más opciones dentro de un par de coordenadas dado, sino aquella en la que decido cambiar el propio conjunto de coordenadas. Así se explica los ataques de Lenin contra la libertad ”formal”: no hay ninguna democracia ”pura”, siempre deberíamos preguntar a quién sirve la libertad, cuál es la función de dicha libertad en la lucha de clases. La libertad ”formal” es la de elegir dentro de las coordenadas de las relaciones de poder existentes, mientras que la libertad ”real” señala el espacio de una intervención que socava las coordenadas en sí.

[1] El dumping social en europa: los casos vaxholm, viking y rüffert y la futura
directiva bolkestein. Utopias / Nuestra Bandera, Número 216, 2008.

[2] Jean-Léon Beauvois. Tratado de la servidumbre liberal. La Oveja Roja, 2008.

[3] V. I. Lenin. Contra el revisionismo, la revolución proletaria y el renegado Kautsky.

[4] Carlos Marx. Extracto de un discurso pronunciado ante la Asociación democrática de Bruselas. 7 de Enero, 1848.

[5] Pascual Serrano. Perlas del mes de marzo de 2009, http://www.pascualserrano.net.

[6] Slavoj Zizek. Prólogo al Tratado de la servidumbre liberal, de Jean-Léon Beauvois. La Oveja Roja, 2008

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Spain is different

Cuantas veces hemos oído que los españoles no estamos suficientemente preparados para hacer tal o cual cosa. Un pensamiento recurrente es que tenemos que esperar pacientemente a que la formación, el nivel cultural o el grado de civismo de nuestro pueblo alcance cotas mayores para poder aspirar a cualquier atisbo de transformación social. Bajo mi punto de vista, dicha postura encierra una visión equivocada del cambio social, profundamente estática y antidialéctica. Son las mismas situaciones de cambio social las que producen a su vez cambio en los agentes que las llevan a cabo. Parafraseando a Machado, ”caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Este enfoque niega la naturaleza contradictoria del cambio y conduce a un inmovilismo total en lo que respecta a la lucha social. No debemos pelear por que las cosas cambien porque las condiciones materiales para ello no se encuentran todavía presentes. De forma análoga, algunos miembros eminentes de la socialdemocracia alemana de principios del siglo XX, por ejemplo Eduard Bernstein, tiraban por la borda la lucha de clases propugnada por Marx al profetizar la implantación paulatina del socialismo a través de la transformación gradual y prudente de la sociedad capitalista. Solo quedaba esperar a que la locomotora de la historia nos llevara al destino soñado. Respecto a esto, podríamos citar a Marx cuando afirma que

la teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad. La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria [1].

Ahí está el quid de la cuestión, sólo mediante el cambio de las condiciones de explotación a las que nos somete el capitalismo podremos avanzar en la resolución de las contradicciones existentes [2].

No podemos soñar que mediante una mayor educación de la sociedad en el seno del sistema capitalista se obtengan las condiciones necesarias del cambio por el sencillo motivo que la escuela y los medios de formación de que disponen nuestras sociedades son también, como diría Althusser, Aparatos Ideológicos de Estado volcados en la reproducción de las condiciones de explotación que el capitalismo necesita. La lucha contra la abolición de dicha explotación permite de forma dialéctica el aprendizaje y la educación de los actores involucrados en el cambio. Mientras exista explotación del hombre por el hombre, podemos esperar sentados que lo que se generará será  ”la acumulación de riqueza en un polo […] y la acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto” [3]

[1] Calos Marx, Tesis sobre Feuerbach.

[2] Aunque por el camino apareceran, eso seguro, algunas más.

[3] Carlos Marx, El Capital, Libro I, Tomo III, Capítulo XXIII, Akal 2007, p. 113.

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