Capitalismo y Fracaso

Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett [1]

Escuchando a los apologetas del capitalismo, tan habituales en nuestros tiempos, podría parecer que el capitalismo no admite el fracaso per se. Por otra parte, ante dicha pureza inmaculada e incorruptible del statu quo suele anteponerse con frecuencia [2]  el supuesto fallo irrefutable no sólo de experiencias que se denominaban comunistas o socialistas sino de la misma idea de igualdad. En nuestra sociedad ultraconsensual [3], que celebró con grandes faustos la desaparición de la experiencia soviética como el certificado de defunción de cualquier intento de metarelato, la idea de igualdad y el ánimo de transformación social no representan sino la pantalla fantasmagórica de su verdad, un núcleo totalitario que tarde o temprano terminará generando monstruos como los que alegremente son descritos por la prensa liberal [4]. La crainte des masses, el miedo a un supuesto exceso democrático, es el pilar fundamental del pensamiento conservador [5]. Ante ello, solo nos queda la gestión de lo posible, la aritmética parlamentaria, la “despolitización” de la política, la gobernanza, el gobierno de los técnicos, … diques de contención ante la pretendida pulsión violenta e irracional de la mayoría.

Quizá una de los aspectos que más caracteriza a la ideología (neo)liberal es que se afirma en su negatividad, no se presenta como lo que es, sino que se define mediante su reiterada autonegación. El ejemplo más claro de ello lo tenemos en que para los defensores del capitalismo, éste sencillamente no existe. Podríamos decir que según ellos es un grosero intento marxista de englobar cosas que sólo tienen en común alguna causalidad espacio-temporal, el hecho de ser (supuestamente) simples concreciones históricas de la naturaleza humana. El mero hecho de pronunciar su nombre, antes de que la crisis hiciera su aparición, provocaba sonrojo e incomodo en el receptor. Sin embargo, como dice el dicho romano, excusatio non petita, accusatio manifesta. Para poder fracasar, el capitalismo tiene primero que tomar carta de naturaleza y es precisamente eso lo que negaban con empeño nuestros sofistas de salón.

Sin embargo, en los parámetros ideológicos neoliberales, el socialismo y el comunismo representan el ser en su máxima expresión, una especie de reencarnación de la idea Hegeliana que (existente desde el origen de los tiempos) se va materializando en el devenir histórico uniendo y cohesionando experiencias con un contexto histórico y un alcance geográfico muy dispar. Frente a la concreción capitalista, que aparentemente disocia los estados fallidos, las guerras coloniales, la violencia ciega de los drones y los paramilitares, los paraísos fiscales, … de Wall Street, el Ibex-35, los talleres clandestinos, los muros migratorios, la reforma laboral y muchos aspectos mas, en el imaginario neoliberal el socialismo representa una especie de unidad de destino en lo universal. El capitalismo sencillamente no existe, el comunismo, ha sido, es y será.

Afortunadamente, los devastadores efectos de la crisis capitalista han provocado también un desplazamiento discursivo y lo que antes era una obscenidad protomarxista, ahora reviste carácter de evidencia. El elefante en el salón despertó por fin la atención de los allí presentes. Sin embargo, el empeño inquebrantable de sus cuidadores continuó, y lo que antes sencillamente no existía ahora no existe en suficiente medida. Los cantos de sirenas neoliberales siguen llamando a la desregulación, la profesionalización de la gestión económica y a una mayor liberalización. Sin embargo, como bien destaca Zizek, lo que éstos se empeñan en presentar como ausencias o faltas de capitalismo, no son sino condiciones sine qua non para su existencia y desarrollo.

El capitalismo no son sólo fábricas y oficinas en el primer mundo donde existen sindicatos y cierto marco regulatorio que asegura algún que otro derecho laboral, son también masacres étnicas por gobiernos corruptos que facilitan la extracción de materias primas que son vitales, por ejemplo, para las compañías de Sillicon Valley a las que tanto gusta presumir de medidas de conciliación laboral. El capitalismo significó, por ejemplo, la sangrienta colonización de gran parte del tercer mundo para intentar aliviar el problema de demanda efectiva que le es consustancial, generando un mercado ajeno a los centros de producción (donde los beneficios empresariales suelen ir de la mano de bajadas salariales), al que poder exportar sus mercancías [6]. El capitalismo es sinónimo de guerras de rapiña, como las que ahora desangran a los pueblos de Irak y Afganistán y siguen amenazando a muchos más, para asegurar el abastecimiento energético que permita sostener el 3% de crecimiento anual que requiere el capital. El capitalismo son también las 400.000 familias españolas desahuciadas de sus hogares desde que comenzó la crisis por la supremacía del valor de cambio que es inherente al capital [7], el cual sólo ve en sus casas un activo financiero y no un lugar donde desarrollar lazos afectivos y humanos. La crisis actual no es ninguna anomalía del buen discurrir capitalista, causada por la avaricia de unos cuantos o una importante falta de regulación [8], sino que es la manifestación de contradicciones profundamente inherentes al modo capitalista de producción, al que sirve, como bien señala David Harvey [9], de “racionalizador irracional de un sistema irracional”.

[1] S. Beckett, Worstward Ho. John Calder, 1983.

[2] Sobre todo ahora, que la crisis capitalista esta mostrando claramente las contradicciones que le son inherentes.

[3] En España, el ejemplo más característico es la visión sacramentada sobre lo que significó la Transición. Con la reciente muerte de Carillo pudimos ver que el aspecto más destacado por los representantes del orden fue su capacidad de articular consensos y de renuncia por “el bien de todos los españoles”.

[4] M. Haynes and J. Wolfreys, History and Revolution: Refuting
Revisionism. Verso, 2007.

[5] S. Ziˇek, A. Badiou, G. Agamben, J.-L. Nancy, D. Bensäid, W. Brown,
J. Rancière, and K. Ross, Démocratie, dans quel état? La fabrique éditions, 2009.

[6] Tal y como bien explicaba Rosa Luxemburgo.

[7] D. Harvey, Unraveling Capital’s Contradictions.

[8] Como gusta repetir a muchos liberales y a cierto sectores “socialdemócratas”.

[9] David Harvey, The crisis today, Marxism 2009; David Harvey, Los siete momentos del cambio social , Rebelión, 16 de Mayo de 2010.

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Sobre luchas y clases

La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.

Karl Marx y Friedrich Engels [1]

Claro que hay una guerra de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando.

Warren Buffet [2]

En términos del geógrafo y antropólogo marxista David Harvey [3], las crisis capitalistas son una “racionalización irracional de un sistema irracional” [4],

La irracionalidad del sistema queda perfectamente clara hoy: masas de capital y trabajo inutilizadas,  codo con codo, en el centro de un mundo pleno de necesidades insatisfechas. ¿Acaso esto no es una estupidez? La racionalización que el capital desea tiene por objeto restablecer las condiciones de extracción de plusvalía, restaurar los beneficios. El medio irracional de lograr este objetivo consiste en suprimir trabajo y capital, condenando inevitablemente al fracaso la racionalización buscada. He aquí lo que entiendo por racionalización irracional de un sistema irracional.

Tenemos a diario cientos de ejemplos de que esto es así. El último de ellos: la reciente aprobación en España de la enésima reforma laboral. En los últimos 20 años se han llevado a cabo en nuestro país al menos 10 reformas laborales que como señala Daniel Lacalle [5] ha llevado a “la consolidación de un mercado de trabajo dual (trabajadores integrados, con contrato fijo y plenitud de derechos, por un lado, trabajadores precarios y sumergidos, con contratos-basura de uno u otro tipo, sin derechos o bien sin la posibilidad real de ejercerlos, por el otro)”. Fruto de ello tenemos una clase trabajadora precarizada, segmentada y cada vez más empobrecida, lo que permite al capital intentar solventar el problema de ganancia al que se enfrenta a través de un nuevo abaratamiento de la mano de obra.

Aunque la susodicha reforma se presente ante los medios de comunicación como una especie de bálsamo de Fierabrás contra el paro, la verdad es que sus precursores saben muy bien que no tiene nada que ver con esto. Se trata simple y llanamente de un proyecto de clase (sí, pero de la que posee los medios de producción y distribución) para dar una vuelta de tuerca más a la explotación a la que somete a los trabajadores de este país. Utilizando los términos de D. Harvey, la acumulación de capital es un proceso dinámico e inherentemente contradictorio que, en diferentes momentos y lugares, se encuentra con barreras fruto de sus propios desequilibrios y contradicciones internas. Como decía Marx [6], “el verdadero amor nunca avanza con suavidad”. Es ahí donde vuelve a aparecer el racionalizador irracional para evitar que la barrera se vuelva obstrucción y permitir que el proceso acumulativo pueda volver a andar más fresco y más sano. Eso sí, a costa de aquellos que lo soportamos sobre nuestros hombros:

Durante una etapa del proceso de trabajo, el obrero se limita a producir el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de sus medios de subsistencia […] La parte de la jornada de trabajo en que se opera esta reproducción es la que yo llamo tiempo de trabajo necesario, dando el nombre de trabajo necesario al desplegado durante ella […]. La segunda etapa del proceso de trabajo, en que el obrero rebasa las fronteras del trabajo necesario, le cuesta, evidentemente trabajo, supone fuerza de trabajo desplegada, pero no crea valor alguno para él. Crea la plusvalía […]. Esta parte de la jornada de trabajo es lo que yo llamo tiempo de trabajo excedente, dando el nombre de trabajo excedente al trabajo desplegado en ella […]. La cuota de plusvalía –trabajo excedente dividido por trabajo– es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital o del obrero por el capitalista. [7]

Así, incrementando la cuota de plusvalía, ya sea con una disminución del salario real o mediante el aumento de la productividad por encima de este último, los empresarios se aseguran una mejor base a la hora de retomar el proceso de acumulación y restaurar así los beneficios*. Si miramos los detalles de la última reforma laboral (abaratamiento del despido, merma importante de la negociación colectiva, ampliación del periodo de prueba, …) no podemos sino convencernos de que es precisamente eso, y no la lucha contra el paro (sic),  lo que se está persiguiendo.

Sin embargo, no sólo en el acceso a una fuerza de trabajo más vulnerable y barata se encuentra la “solución” del capital a la actual crisis. Una de las mayores barreras a la que se enfrenta el proceso de acumulación en estos momentos es la ausencia de rentabilidad en sus inversiones; pues para que los beneficios del capital invertido previamente se vuelvan a poner de nuevo en circulación, los capitalistas necesitan saber que la cosa es rentable**. Algo que ya estaba en el origen de la actual crisis, ya que fue la caída de la tasa de ganancia en los años 70 lo que llevó a la actual hipertrofia del sector especulativo y financiero, con  beneficios mucho más golosos que los del sector productivo.

Podemos convencernos fácilmente que si el capitalismo necesita un 3% de crecimiento anual para que el proceso acumulativo pueda seguir su rumbo sin dificultades, resultaba infinitamente más sencillo encontrar nichos de inversión en los albores del capitalismo –donde sólo ciertas regiones de Inglaterra estaban conquistadas por el capital — que en el siglo XXI, donde apenas queda rincón del planeta por colonizar. Ante este panorama, el capital tiene un par de soluciones que también nos parecerán de actualidad: la acumulación por desposesión y/o la guerra.

Sobre esta última, poco hay que decir salvo que no sabemos en que momento preciso estallará definitivamente el conflicto bélico. Centrémonos pues en la acumulación por desposesión. Éste término fue acuñado por David Harvey para denotar los procesos de apropiación que se dan en el capitalismo neoliberal de formas de propiedad ajenas en cierta medida al mercado. Nos referimos en particular a la apertura al capital privado de sectores económicos hasta entonces bajo control público, como la educación, la salud, el sistema público de pensiones o incluso la defensa. Al igual que en la transición del feudalismo al capitalismo, el capital absorbió de forma violenta formas precapitalistas de propiedad colectiva, dando lugar a la acumulación originaria, en el momento actual la clase capitalista utiliza su control del aparato del estado para enajenar a la población recursos y bienes que previamente eran de titularidad pública.

Ésta es la segunda pata en la que se sustenta la solución neoliberal y es, precisamente, en este contexto en el que hay que interpretar los crecientes ataques al estado del bienestar (reforma de las pensiones, privatización de la educación superior, privatización de la sanidad, …). Así pues, podemos estar seguros de encontrarnos en un periodo de intensa lucha de clases. Sin embargo, hasta ahora sólo hemos hecho sino resistir en mejor o peor medida los embates del 1% de la población, parece que es hora de despertar…

* Me gustaría señalar que nos referimos aquí a los beneficios de los capitalistas como clase, lo que no entra en contradicción con que ciertos sectores de la clase – véase el capital financiero – o capitalistas individuales – véase Botín – puedan tener pingües beneficios.

** Si no, se gastan los beneficios en artículos de lujo (el consumo mundial de lujo se incrementó en un 8% en el 2011) o se guardan el dinero en espera de tiempos mejores –como hacen actualmente los bancos.

Referencias

[1] Karl Marx y Friedrich Engels, El Manifiesto Comunista.

[2]  Ben Stein, In Class Warfare, Guess Which Class Is Winning, The New York Times, 26 de Noviembre de 2006.

[3] David Harvey, El nuevo imperialismo, Ediciones Akal, 2004; The condition of postmodernity, Wiley-Blackwell, 2004; The limits to capital, Verso, 2006; Breve historia del neoliberalismo, Ediciones Akal, 2007; Paris, capital de la modernidad, Ediciones Akal, 2008; A companion to Marx’s Capital, Verso, 2010; The Enigma of Capital: And the Crises of Capitalism, Profile Books, 2011.

[4] David Harvey, The crisis today, Marxism 2009; David Harvey, Los siete momentos del cambio social , Rebelión, 16 de Mayo de 2010.

[5] Daniel Lacalle, Hacia la desregulación laboral , Mundo Obrero, Mayo de 2010.

[6] David Harvey, The Enigma of Capital: And the Crises of Capitalism, Profile Books, 2011. Página 67.

[7] Karl Marx, El capital, crítica de la economía política, Libro I, México, Fondo de Cultura Económica, 1964, capítulo VII, “La cuota de plusvalía” pp. 163-165. Cita tomada de Daniel Lacalle, La clase trabajadora, veinte años después del Estatuto de los Trabajadores y sus reformas (1980-2005), Papeles de la FIM, 26-27, pp. 183-204.

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